Nunca esperé compartir con Vargas Lleras una dura y crítica visión de los problemas que está afrontando Colombia, visión diametralmente opuesta a la que nos da la propaganda oficial. Estábamos acostumbrados a verlo como un hábil malabarista político capaz de mantener una actitud conciliatoria con el gobierno de Santos, del cual formó parte, dejando deslizar de vez en cuando algunos cautelosos reparos sobre lo convenido con las Farc en La Habana. Sin abandonar los beneficios del poder, buscaba mostrar la independencia y autonomía de un líder.

Por ser ajena a este perfil, la entrevista sin tapujos que le hizo María Isabel Rueda, y que fue publicada en este diario el pasado 17 de octubre, me dejó atónito. Allí apareció al fin, tras largos meses de un monástico retiro, un Vargas Lleras desconocido que, como candidato presidencial, exponía por primera vez, una tras otra, las fallas del actual gobierno y sus propuestas para repararlas. Para ello señalaba la necesidad de unir a las fuerzas políticas de centro, que compartían sus temores en torno a la implantación del proceso de paz. A su juicio, esta unión debía hacer frente a una posible coalición de sectores radicales de izquierda representada por Sergio Fajardo, Clara López y Jorge Enrique Robledo.

En la mencionada entrevista tampoco tuvo inconveniente en mostrar como un rotundo fracaso la erradicación de los cultivos de coca y el auge del narcotráfico, que sigue boyante en regiones ahora dominadas por los disidentes de las Farc y otros grupos armados. Incluso, citó con sus propios nombres a los capos que dominan Tumaco, Guaviare y Vichada. A estos problemas sumó otros que oscurecen el panorama del país: una JEP sin garantía alguna por los sesgos ideológicos de sus integrantes, la corrupción que ha contaminado nuestro mundo político, los pésimos indicadores económicos, las abrumadoras cargas tributarias que golpean a la población y provocan el éxodo de capitales, la manera como las Farc están lavando sus dineros, su apropiación de tierras del Estado y la inclusión de narcotraficantes en las listas de guerrilleros amnistiados.

“No hay duda de que un cuidadoso cálculo político movió a Vargas Lleras a presentarse esta vez como un tranquilo opositor del Gobierno y no como un fiel continuador de su gestión.”

Muchos han considerado que en estas rotundas apreciaciones se advierte la huella del Centro Democrático. Pero Vargas Lleras, empeñado en mostrarse ajeno tanto al santismo como al uribismo, se apresuró a confesar que desde hacía nueve años no conversaba con Uribe y que solo había tenido con él un encuentro coyuntural en un hotel de Neiva. Estas prudentes aclaraciones no impidieron que llovieran sobre él feroces ataques. Sus críticos no aceptaron que se ubicara en el tablero político como un hombre de centro, sino que de inmediato le colgaron la nefasta etiqueta de extrema derecha. Asimismo, Humberto de la Calle Lombana, aunque se declara ajeno a gritos e insultos, no vaciló en considerarlo autor de falsedades y monstruosas inexactitudes.

No hay duda de que un cuidadoso cálculo político movió a Vargas Lleras a presentarse esta vez como un tranquilo opositor del Gobierno y no como un fiel continuador de su gestión. Es algo muy explicable dados los bajos índices de favorabilidad que tiene Santos en las encuestas y el descontento que reina en el país.

Los electores, en su gran mayoría, buscan un cambio, de ahí que por primera vez en la historia nos encontramos ante una piñata de candidatos de todos los colores y tendencias, que en su mayoría carecen de partido y se sirven de la recolección de firmas para abrirles un camino a sus aspiraciones. Existe también una ciega polarización, acompañada de simples pedradas verbales. Quien mejor describe esta situación es la bella politóloga guatemalteca Gloria Álvarez: “En Colombia –ha dicho– ya ni siquiera se trata de un multipartidismo, sino más bien de un multicandidaturismo que no puede ser bueno para nadie, de modo que frente a las próximas elecciones no veo opciones claras”. ¿Será verdad? Ya lo veremos.

PLINIO APULEYO MENDOZA