Eduardo Mackenzie                                       

De cara a las elecciones presidenciales de mayo próximo, las Farc –en sus dos variantes, la armada y la política– tienen  tres problemas: 1. – han proclamado un candidato pero éste, Timochenko, genera tal aversión en la opinión pública, por su trayectoria criminal impune (está condenado a 452 años de cárcel, como reveló la senadora Thania Vega, sin que haya pasado por la prisión un solo día), que no podrá ser un candidato  sino un anti-candidato. Por el momento el tal “candidato” permanece en su escondrijo de Cuba; 2.- Las Farc no tienen un programa de gobierno: su monótono discurso pide un imposible: la “implementación” (la palabra correcta es implantación) del fatídico acuerdo Farc-Santos, el cual fue rechazado por los colombianos en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, sin que haya signos de que éstos tragaron el cuento de que el narco-comunismo y el yugo liberticida y anti económico que éste propone es la opción más apetecible; 3.- los colombianos quieren  elegir un nuevo jefe de Estado que barra con el desastre santista y reconstruya la soberanía, la democracia y el Estado de Derecho que las Farc, Santos y los cubanos tratan de desmantelar.

Timochenko va en contravía de todo eso. Es un anti-candidato con agenda secreta.

El número uno de las Farc representa la organización armada comunista que quiso destruir a Colombia durante más de 50 años. Timochenko saluda las fechorías cometidas por todos los jefes que tuvo esa banda desde su creación secreta, mucho antes de 1964. Los crímenes de Tirofijo y de su estado mayor él los asume sin críticas.  El aplaude la combinación de todas las “formas de lucha” (crímenes). Timochenko combatió y combate con todas sus fuerzas la democracia, utilizando la violencia y las libertades y garantías que ésta ofrece a todos. Él está convencido de que las montañas de atrocidades de las Farc no son atrocidades y que los reproches de la sociedad carecen de sentido. Por eso él y sus mandos no pedirán perdón al país ni a sus víctimas en particular. Como candidato Timochenko personifica a los autores materiales e intelectuales de esas barbaridades. La nación colombiana, que él tanto detesta, es su víctima. No tiene autoridad moral para pedirle el voto a la nación que él ha martirizado. El no será un candidato sino el anti candidato más grotesco de la historia del país.

En agosto pasado las Farc decían que no postularían pues apoyarían el candidato “burgués” que les garantice la “implementación” total de los pactos con Santos. En ese momento presumían ser una minoría capaz, gracias a su capacidad de intimidación en el campo y a sus grupúsculos y aliados secretos, de decidir la votación presidencial en la segunda vuelta.

Hoy lanzan una línea diferente: hacer campaña con su jefe supremo (Imelda Daza, activista del movimiento marxista Voces de Paz, será la candidata a la vicepresidencia) para ver, en la primera vuelta, y después de las elecciones legislativas, cuál es el caudal propio de las Farc –partido y escuadras armadas confundidas– y de sus organismos satélites. En Cuba necesitan medir la fuerza real de su pupilo.

Ese cambio de táctica refleja un cierto pesimismo: ante la no aprobación de la JEP, y de otros puntos claves (para ellos) del pacto secreto, no les queda más recurso que jugarse el todo por el todo, preámbulo de una eventual ruptura. Quieren imponer, al precio que sea, un presidente de continuidad, aunque las apariencias de elección libre no logren engañar a Trump, a la OEA, ni a la Unión Europea.

¿Ese cambio de táctica es hábil? ¿Es un error?  Tal movida puede ser lo uno o lo otro. Todo depende del comportamiento de los colombianos. Ante la opacidad en que se mueve la dirección de las Farc, es legítimo examinar las variantes y posibilidades más lógicas del nuevo escenario.

1.- Es probable que Timochenko haya obtenido garantías para adelantar una campaña con privilegios exorbitantes. Timochenko no sería un candidato más sino el candidato único de un frente continuista. Este podrá utilizar los inmensos recursos financieros ilegales de las Farc para inundar el país con mentiras y soflamas incendiarias. Es obvio que la advertencia de Néstor Humberto Martínez, fiscal general, de que “las narices del narcotráfico empiezan otra vez a asomarse en ciertas regiones del país para copar nuestro sistema político” alude al papel que van a jugar los narco-capitales de las Farc.

El anuncio de la candidatura de Timochenko desató una ola de rechazo en las redes sociales y en la clase política, exceptuando los núcleos radicales y verdes. ¿Eso anuncia un endurecimiento de la opinión pública ante el mentiroso danzón “pacifista” de las Farc? ¿Seguirán las universidades y colegios siendo el laboratorio de los propagandistas de las Farc? ¿Seguirán los rectores autorizando que gente con sangre en las manos vaya a intoxicar a los  jóvenes? Hay que parar esos abusos. Hace unos días, por fin, un centro universitario  anuló una “conferencia” de ese tipo. Esperemos que tal actitud se generalice.

2.- Sin la complicidad del santismo, la proclamación de la candidatura Timochenko no habría sido posible. La Constitución prohíbe que los criminales postulen para cargos de elección popular. Santos, sin embargo, la ignoró y dijo desde Canadá que todo “ex miembro de la guerrilla Farc” puede hacer política.  Recusó la Constitución y adoptó lo que dicen los acuerdos aunque éstos no tienen rango de Constitución. Su ministro del Interior, Guillermo Rivera, ahondó el escándalo al decir que Timochenko, para ser candidato, sólo debe cumplir un requisito: prometer que se someterá algún día a la justicia (JEP) y que allí dirá “toda la verdad”.

3.- Santos seguirá violando la Constitución y movilizará los recursos del Estado para favorecer esa movida.  El impopular presidente no está en condiciones de negarle nada a las Farc. El proselitismo agresivo y demagógico de éstas, con montajes mediáticos y judiciales de todo tipo,  destinados a confundir a la opinión pública –como hizo Santos en 2014 contra el candidato rival Oscar Iván Zuluaga–, y a desbaratar todo frente unitario de salvación nacional, contará con el apoyo del régimen. Las garantías a Timochenko incluirían, desde luego, un paquete de medidas para alterar la jornada electoral, el escrutinio de los votos y la proclamación de los resultados. La oposición no debe hacerse ilusiones. Debe prepararse para lo peor.

Santos y Timochenko saben que juegan con fuego, que su artero juego tiene unos límites. La bronca popular contra el gobierno, y contra las Farc, es vasta y crece en todas partes. Lo constatan a diario los precandidatos y activistas del arco democrático.  ¿Cuál será la chispa que acabará con la falsa calma chicha actual que busca expropiar a los colombianos de una elección libre?

@eduardomackenz1