Aunque  traten de interpretarnos el sainete de que están en desacuerdo con el presidente Santos en lo del “congresito”, las Farc no pueden ocultar su convergencia y su interés por ese enfoque antidemocrático. “Congresito” y “alta comisión legislativa” son la misma cosa: una vía para quitarle a los colombianos el derecho a decidir sobre su propio destino.

Las Farc están de acuerdo con esa expropiación solapada. Al exigir desde La Habana que una asamblea constituyente sea la que valide los misteriosos acuerdos que están tramitando a espaldas de todos en Cuba, y no una “alta comisión legislativa”,  las Farc se ubican, a pesar de las apariencias, en la misma onda del presidente colombiano: que sea un grupo controlado, y no la amplia ciudadanía colombiana, el que se encargue de esa decisión trascendental.

Alias Carlos Antonio Lozada, un jefe negociador de las Farc en Cuba, lanzó antier un texto en el que estima que el “diseño” del “nuevo contrato social” debe ser hecho por una asamblea constituyente. Añade que la supuesta constitución debe reflejar “las realidades que surjan de los acuerdos pactados en La Habana” y resolver “los disensos que en la Mesa no sea posible consensuar” (sic). Es decir, la mesa de La Habana, según Lozada, puede ser levantada en cualquier momento pues las divergencias que persisten (que nadie conoce) entre “las partes” podrían ser resueltas por la constituyente.

Para resumir: el cabecilla de las Farc comparte la idea de Santos de no presentarle al electorado un texto claro, completo y definitivo de sus eventuales “acuerdos” para que los colombianos, todos los habilitados para votar, acepten o rechacen eso en un referendo o en un plebiscito.

Alias Carlos Antonio Lozada, a la derecha

Alias Carlos Antonio Lozada, a la derecha

Lozada propone, en cambio, que el misterio sobre lo que están pactando en Cuba siga y crezca y que, finalmente, un cenáculo controlado, es decir lo que él entiende por “asamblea constituyente”, escogida por el santismo y las Farc, avale lo acordado, invente otros “acuerdos”  y zanje las divergencias.

Esto es así por una razón: la visión que las Farc han tenido siempre de la asamblea constituyente no es la que tenemos los colombianos. La de ellos es la visión estrecha de un cenáculo excluyente, escogido a dedo, manipulado por un grupo secreto, mediante el cual se cambian las instituciones y se le imponen  deberes a las mayorías. Ese cenáculo decide sin consultar al pueblo, aunque tal maniobra sea adornada con gestos aparentes de trámite democrático.

En diciembre de 2013, las Farc revelaron, en un plan de 12 puntos, cuáles eran sus ideas sobre lo que debe ser, según ellas, una constituyente: un cuerpo de 141 miembros los cuales no serían escogidos por voto popular. Esos constituyentes saldrían de la nada, de un limbo jurídico, pues “surgen de cuotas”, y esas “cuotas” son escogidas no se sabe por quién, es decir por los llamados “grupos sociales”.  Obviamente, los partidos políticos (exceptuando los aparatos y pantallas de las Farc) son excluidos de ese esquema. En cambio, las guerrillas, Farc y Eln, estarán en esa constituyente y sus delegados serían designados “directamente” por las jefaturas terroristas, no por el pueblo.

Sólo después de haber escogido a los delegados “por cuotas”, y a los representantes  de las guerrillas, los que queden faltando serían escogidos “por elección popular”. “El resto será escogido por elección popular”, es la frase exacta del documento Farc (1).

Otro punto interesante: según ese documento, esa constituyente entraría a deliberar después de que haya un

Niños en las FARC. Y el primer ministro francés pretende no darse por enterado

Niños en las FARC. Y a nadie le importa

“acuerdo político nacional”. Es decir, el método es antidemocrático a más no poder, típico mamerto: todo es amarrado de antemano y la deliberación en el seno de la constituyente no será más que el fin de una comedia. En ese esquema, la decisión precede a la discusión. Cuando, en realidad, el método debe ser el contrario: la discusión precede a la decisión. Primero es la discusión en el seno de la constituyente y después ese cuerpo toma una decisión: aprueba o rechaza los hipotéticos pactos con las Farc.

La receta tramposa de las Farc sigue fielmente las líneas del llamado “constitucionalismo popular y revolucionario” lanzado por Hugo Chávez en un discurso de diciembre de 2009, y aplicado desde antes. Ese “constitucionalismo” busca una sola cosa: “construir las bases de un nuevo proyecto histórico”. Así fue como hicieron las constituyentes y votaron las nuevas constituciones de Venezuela, Bolivia y Ecuador, con los resultados que todos están viendo.

Tanto el “congresito” de Santos, como la “constituyente” de las Farc son mecanismos inaceptables de validación de los eventuales acuerdos  “de paz”. Hay que rechazar esas dos formas, pues éstas, en el fondo, son la misma cosa: organismos escogidos, no por la ciudadanía, sino por los dos sectores minoritarios interesados en que los acuerdos secretos sean aprobados.

Como ellos saben que lo que están pactando es pésimo para los colombianos, están decididos a tramitar la aprobación de eso por un grupo controlado. Saben que un pacto infame expuesto  ante el voto de los ciudadanos no será refrendado, ni validado, por las mayorías, pues éstas saben o presienten lo que están preparando esos actores tras el negro telón de La Habana: la puesta de Colombia al servicio de los intereses geopolíticos de Cuba, como logró hacerlo Fidel Castro con Venezuela con la ayuda de Hugo Chávez.

El gancho de Santos para que el país aceptara las negociaciones secretas en La Habana era que “al final” los colombianos podríamos conocer los acuerdos y aceptar o rechazar, mediante el voto popular, es decir el referendo, lo pactado en la isla prisión. Empero, cuando las encuestas de opinión confirmaron el escepticismo y temor de la población ante la farsa de La Habana, Santos renegó y lanzó la horrible frase: “nunca me he montado en referendo”.

Hoy el país sigue sin saber cuál es el contenido exacto y cuáles son los alcances de lo que Santos y las Farc han pactado, pues nada de eso es público. Santos gasta millonadas del presupuesto nacional para que sus publicistas creen una corriente favorable a esos acuerdos, pero la opinión sigue firme: al no conocer exactamente qué acuerdos hay y qué diferencias subsisten en la mesa de La Habana todos somos objeto de una manipulación.

Alexandre Soljenitsyn, uno de los disidentes rusos que más contribuyó al derrumbe del sistema comunista, escribió mucho contra los métodos soviéticos de conversaciones secretas,  pactos secretos, diplomacia secreta. El pedía que  las masas fueran puestas al corriente  de todo, para que ellas pudieran juzgar abiertamente. Una de sus frases de noviembre de 1969, puesta en el contexto de la lucha de los colombianos por saber qué está haciendo Santos con las Farc en Cuba, cobra gran actualidad. Que juzgue el lector:

“La primera condición de la salud de toda sociedad, y de la nuestra igualmente, es que las cosas sean hechas públicas, honesta y totalmente públicas. Y aquel que  no quiere que  las cosas sean  públicas para nuestro país, a ese no le interesa para nada la patria,  no piensa sino en sus intereses personales. El que no quiere que las cosas sean públicas para la patria,  no quiere sanar las enfermedades del país, las quiere esconder para que estallen.”

 

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(1).- http://www.elespectador.com/noticias/paz/farc-divulgan-plan-una-asamblea-constituyente-selle-paz-articulo-465356