Hace exactamente cuatro años, el 15 de mayo de 2.012, las FARC trataron de matarme y en el intento asesinaron a mis dos escoltas, Rosenber Burbano, Sargento de la Policía, y Ricardo Rodríguez, de la Unidad Nacional de Protección.

No era el primer intento. En un ataque del Ejército al campamento de Losada, sí, el que hoy es padre de la patria y candidato al Congreso de la República, apareció una detallada sentencia de muerte pronunciada en mi contra. Biografía completa, mapa de Radio Super, detalle de los puntos de peligro y esquemas de salida, con detalles que siempre me parecieron producidos por alguien muy conocedor de asuntos policiales.

Aquel intento quedó frustrado. Así que prefirieron mandar un camión cargado de explosivos, que hubiera volado aquella manzana entera del Barrio Teusaquillo. Intervino la Policía y el señor General Ramírez interceptó el camión. Quiso prevenirme, pero se lo impidió el General Oscar Naranjo, hoy Ministro de Santos, prometiendo que me daría a conocer detalles del atentado para que me precaviera hacia el futuro. Desde luego, ya lo supondrá el lector, Naranjo nunca me dijo una palabra sobre el particular, como tampoco se lo dijo a los directores de Radio Super. ¿Para qué?

No mucho antes del ataque de mayo, Inteligencia de la Armada me hizo saber que un grupo de las FARC me secuestraría en las calles de Bogotá y que los encargados del plagio ya estaban en la ciudad. Me preparé como pude, más con oraciones que con armas y juré que no me dejaría secuestrar. Tendrían que matarme o presenciar mi muerte. El General Nelson Mejía Henao, ese sí gran General de la República, me había regalado una preciosa pistola (¿hasta dónde pueden se preciosas las pistolas?) que en último extremo usaría en mi contra.

Y vino el 15 de mayo. En el Congreso se votaría esa tarde el proyecto de ley que los amigos de las FARC llamaban  Marco Jurídico para la Paz. En La Habana se reunía con esos bandidos el hermano del Presidente, Enrique Santos Calderón, cuyo nivel de conocimiento del atentado nunca me quedó claro. La Hora de la Verdad, el programa radial que sigo transmitiendo cada mañana entre las seis y las diez, era el único medio de comunicación que se oponía a esa estrategia, todavía confusa y plagada de mentiras que apenas se descubriría en todos sus truculentos y escabrosos detalles cinco meses después.

La bomba estalló cuando caían las 11 de la mañana en todos los relojes. De la camioneta no quedaron sino latas retorcidas y humeantes. Los cuerpos de mis dos inolvidables compañeros volaron en pequeños pedazos, de los cuales muchos cayeron sobre mi cabeza y mi ropa. Nadie se explica, y yo el último, como salí vivo y caminando de ese infierno. Los técnicos en explosivos de los Estados Unidos, que practicaron detallada pericia por la condición del golpe, primero y hasta ahora único en América con una bomba lapa que no usan sino iraníes y etarras, no pudieron entender cómo alguien salió con vida de aquellos restos calcinados.

El resto del milagro, que atribuyo sin género de duda a mi protector, San Miguel Arcángel, lo hicieron los mejores médicos del mundo, los de la clínica del Country. Su gran jefe, el doctor Ospina Londoño, no vaciló en practicarme un neumotórax, sin preparativo ni anestesia. Rescató mis pulmones.

Santos y el General Naranjo corrieron a negar a las FARC como autores del atentado. Sabían que mentían, pero no podían poner en riesgo los diálogos de Enriquito con los asesinos. Razón de Estado, según dicen. Hay que mentir. Sobre todo cuando la evidencia quema.

Cuatro años después, tengo la convicción de que las FARC querían que se supiera lo que habían hecho. Contando con mi cadáver, por supuesto. Dejaban tantas pruebas, que sería imposible tejer otra hipótesis. Los autores materiales, El Diablo, Bigotes, los Tabares y el parche de Zuley, quedaban totalmente expuestos. Por eso están presos o han caído. Y el tipo y objetivo y procedencia de la bomba no dejaba duda.

Claro que quisieron matarme. Pero más y mejor, querían intimidar de una vez a todos los periodistas del país. El que critique los diálogos, con Enriquito o con cualquiera, se muere. Y la gente prefiere asegurarse de estar viva.

Tengo un deber con Dios y con mi Patria. Por eso no me fui. Y por eso no me callo. Hasta donde Dios sea servido, mantendré vigente mi voz, resuelta mi protesta, firme el corazón. A esos criminales, que resuelven los debates con bombas lapa, no se les puede entregar esta Colombia que tanto amo.