¿Ha visto usted querido lector como habla en estos días el señor Timochenko?  ¡Qué hombre razonable y simpático! Sus rabietas puntuales de 2012 y 2013 eran conocidas. Ahora él es una persona estimable. Rodrigo Londoño Echeverry, 56 años, alias Timoleón Jiménez, alias Timochenko, está en plena ofensiva de charme. La prensa colombiana y extranjera elogian su buena disposición para la paz y resaltan su anuncio de que sus tropas no reclutarán más niños y no recibirán instrucción militar sino “únicamente política” (como si eso  fuera menos peligroso).

Tras años de silencio, Timochenko ahora es locuaz.  El cineasta Lisandro Duque Naranjo, viejo compañero de ruta del PCC, lo entrevistó el pasado 10 de octubre en La Habana, para Canal Capital, una televisión financiada por los contribuyentes de Bogotá.  Fue un diálogo de complacencia entre camaradas. Bien pensada, la idea era permitirle  al jefe de las Farc, miembro de su dirección central desde 1986, aparecer como un hombre de diálogo, a pesar de su abultado prontuario criminal. Claro, nada de eso último fue evocado.

Lo esencial era que el jefe subversivo pudiera lanzarle al país tres ideas asombrosas, sin la menos réplica: 1. Que ellos, las Farc, son moralmente superiores a los colombianos (“Los revolucionarios no vivimos de odios sino de amor a la especie humana”); 2. Que ellos son, sobre todo, pacifistas (“La guerra es lo más improductivo que hay”); y 3. Que las negociaciones en Cuba muestran “la disposición de la clase dirigente que representa Santos a ayudar a abrir, esta vez sí,  las condiciones para que no sigamos matándonos”.

Magnífico. El problema es que esa retórica de circunstancia es anulada por el mismo Timochenko cuando subraya otros cinco puntos: 1.  Que las Farc no han perjudicado a nadie (“¿Cuáles víctimas?”); 2. Que ellos no pagarán un solo día de cárcel por sus crímenes; 3. Que guerrilleros y traficantes de droga deben salir de prisión “automáticamente” tan pronto se firme la paz; 4. Que las Farc no han cambiado su “objetivo supremo”: “vamos es para eso” y “eso no lo olvida uno nunca”; y 5. Que ese “objetivo supremo” son “los cambios profundos en la estructura del Estado, en la base económica, social y jurídica del país”.

En otras palabras: la paz debe desembocar en el desmonte de la democracia y en la destrucción de las libertades y del sistema capitalista. Sin eso la “reconciliación nacional” no es posible. El gobierno de Barak Obama, que apoya la farsa de La Habana, debería reflexionar al respecto.

El acto de propaganda consistente en presentar al jefe de una organización armada como un jefe político que lucha por la “reconciliación nacional” fue hecho por Canal Capital, una televisión pública. Los principios que enmarcan la acción de ese medio, la Resolución 041 del 26 de mayo de 2010,  fueron violados. La Procuraduría podría examinar ese asunto.

La embestida de Timochenko había comenzado con una entrevista de Alfredo Molano, un sociólogo y periodista “de avanzada”. En ese diálogo, publicado por El Espectador el 3 de octubre pasado, Timochenko toca varios puntos que desarrollará después con Duque, e insiste en otros tópicos no menos importantes y que él resume en frases como estas: “No vamos a pedir perdón a víctimas creadas artificialmente”; tras la firma de la paz no entregarán las armas pues éstas “quedan inservibles así se tengan cerquita”;  “no vamos a desmovilizarnos” y, finalmente: “el problema más delicado es el del paramilitarismo y no el de los paras que hay en Chocó sino el de la cultura del paramilitarismo en la vida política colombiana.”

Esta última frase de Timochenko es quizás la más importante de su actual acometida mediático-política. El paramilitarismo, dice él, impregna “la vida política colombiana”, es decir el “paramilitarismo” es todo lo que constituye la institucionalidad colombiana y es, al mismo tiempo, todo lo que se oponga a los planes actuales y ulteriores de las Farc. No es solo el uribismo, es el entramado mismo de la sociedad y del Estado actual.

El remate de esa espantosa caracterización (que no desató la menor reflexión crítica del entrevistador ni del equipo de negociadores del gobierno que trabaja en La Habana), es lo siguiente: las Farc trabajan –sobre todo su equipo de maniobras políticas–, en lograr que el sucesor del presidente Santos llegue a la Casa de Nariño amarrado por unos compromisos hechos por su antecesor. Timochenko lo dice sin tapujos: el próximo presidente de la República debe ser “fuerte” para poder “garantizarle” a las Farc “la implementación de los acuerdos”. Y dejó en el aire esto: que ese sucesor “fuerte” podría ser él mismo, Timochenko: “Si mañana me dicen asuma la candidatura, obedezco”.

Esa es la cúspide de la estrategia de las Farc en las negociaciones actuales “de paz”: establecer unos acuerdos “revolucionarios” con un presidente saliente (Santos) y hacer elegir un nuevo mandatario que se dedique a aplicar, a implementar, al precio que sea, acudiendo a los métodos que sean necesarios (por eso debe ser “fuerte”), los acuerdos que se firmarían el 23 de marzo de 2016.

Timochenko reveló, en la entrevista con Lisandro Duque, que Enrique Santos, el hermano del presidente, sin ser negociador, les dijo que lo de ir o no a la cárcel se podía “cuadrar” en La Habana, que a los jefes de las Farc no les van a “poner pijamas” y que, incluso, éstos podían ver que la condena sea pagada “en La Habana, en Cuba, con libertad de movimientos” y que hasta podrían “ir a Varadero”.  Esa nueva sinvergüencería debilitó aún más las negociaciones.  En todo caso, lo que anuncia Rodrigo Londoño Echeverry es mil veces peor que eso: en la próxima campaña electoral por la presidencia de la República de Colombia habrá violentas intervenciones ajenas, como las hubo antes de los anuncios del 23 de septiembre, para que un “hombre fuerte” se monte en el poder al precio que sea. El punto es ese.