Siento el deber de expresar a los generosos lectores, mis argumentos sobre las mentiras de las FARC. Igualmente opino que el gobierno parece mostrarse de acuerdo con estas falsedades y guarda un silencio cómplice. Me preocupa también la complacencia de los medios de comunicación, la cual demuestra falta de objetividad en las noticias y como confunden el compromiso con la paz con haber comprometido su independencia crítica, pues resaltan las mentiras, y las muestran como la gran voluntad de paz del grupo guerrillero.

Es increíble que todos tengamos tan mala memoria y nos dejemos tergiversar la verdad histórica. Todas las versiones de los grupos guerrilleros apuntan a mostrar una “verdad” diferente de la historia, ayudado por ciertos personajes que ostentan una sospechosa afinidad ideológica con las FARC. Con tan “buena suerte” que ellos son quienes han sido contratados por el gobierno para escribir la “memoria histórica”. Conveniente ¿verdad?.

En recientes declaraciones, Pablo Atrato, un guerrillero del que no conocemos nada, hoy en Cuba, hizo las siguientes declaraciones a nombre de las FARC: “La población no ha sido ni blanco principal ni blanco secundario de las acciones defensivas u ofensivas de nuestras estructuras armadas, es decir, nunca ha existido en las FARC EP una política de determinación subjetiva para la victimización sistemática y deliberada contra la población. Reconocemos explícitamente que nuestro accionar ha afectado a civiles, en diferentes momentos y circunstancias, a lo largo de la contienda que al prolongarse ha generado mayores y múltiples impactos pero jamás como parte de nuestra razón de ser.”

Ni más ni menos, afirman que eventualmente han afectado a la población civil, pero que se debe a efectos colaterales o errores de sus comandos terroristas. Con este párrafo pareciera, que para el gobierno y los medios, las FARC ya han lavado todas sus culpas pues “reconocerán a las víctimas” y con ello merecen el perdón incondicional de todos los colombianos y que se harán acreedores a una impunidad bien merecida.

En la época del Caguán, durante el gobierno de Andrés Pastrana, mientras se conversaba con las FARC, este grupo atacó con cilindros bomba más de 400 poblaciones, de las más pobres de Colombia, agresión atroz y descarada contra la población civil. Dejaban miles de muertos, mutilados y familias sin viviendas. En promedio atacaron un pueblo cada 10 días. Curiosamente los afectados son los colombianos más pobres e indefensos.

El reclutamiento forzado de niños y niñas, los malos tratos en las filas, los vejámenes sexuales, la utilización de los menores en el frente de batalla como carne de cañón o como escudos humanos, su utilización en actos terroristas obligándolos a llevar explosivos como niños bomba, son claramente una agresión sistemática contra la población amedrentada, un delito de lesa humanidad.

Recordemos las, mal llamadas, “pescas milagrosas”, que más bien debieron llamarse pescas tenebrosas en las que secuestraron a miles de personas, estos eventos eran el pan de cada día en los años que antecedieron a la llegada, en 2002, de Álvaro Uribe a la presidencia. Los miles secuestros, de civiles y políticos, adelantados por las FARC, son otro crimen de lesa humanidad que viola los protocoles de Ginebra. Muchos de los secuestrados aún no aparecen, son otra muestra de que sus acciones terroristas estuvieron enfocadas indudablemente contra la población civil.

Más de un millón de hectáreas han sido “expropiadas” a punta de fusil por las FARC. No propiamente se las expoliaron al gobierno, no, fueron arrebatadas a los campesinos que tuvieron la mala fortuna de vivir y trabajar en las zonas en las cuales se asentaron estos barbaros, aprovechando la ineptitud y omisión de los gobiernos de turno.

Los “campos minados”, sembrados por las FARC bosques y veredas, han afectado a directamente a los campesinos. Últimamente han tenido la, maravillosa y humanitaria, idea de sembrarlas al rededor de escuelas de pequeños municipios del Cauca, Meta y Putumayo, demostrando la barbarie y en abierto desafío a los colombianos, durante el pretendido proceso de paz, en el que la guerrilla parece, una vez más, burlarse del gobierno y de los colombianos.

La afirmación “La población no ha sido ni blanco principal ni blanco secundario…” (de las FARC), es tan falsa como su voluntad de paz. Las acciones descritas muestran que la afirmación es mentira y con ella tratan de convencer a los colombianos y al mundo de su buena voluntad y de que ellos han peleado una guerra legítima contra el Estado, tratando de reivindicar los derechos de los ciudadanos más pobres, argumentando que en esa guerra es inevitable que se produzcan víctimas civiles, pero que no es su culpa.

El cinismo de las FARC es casi comparable con el del gobierno y los medios de comunicación.