En los dos “acuerdos de paz”, el de 297 páginas des 24 de agosto de 2016,  y el “nuevo” de 310 páginas, que el gobierno Santos acaba de presentar, no aparece el concepto de entrega de armas. Ninguno de esos textos le exige a las Farc que entreguen sus armas, de manera clara, pública y ante testigos nacionales y extranjeros, como ocurre siempre,  en todos los países, en actos de ese alcance.  Como ocurrió otras veces en Colombia,  cuando, por ejemplo, más de 6 000 hombres de Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure y otros jefes de la guerrilla liberal, en 1953, entregaron sus armas al Ejército a cambio de una amnistía.  Como ocurrió cuando el M-19  entregó sus armas  al gobierno de Virgilio Barco a cambio de una amnistía.

Los acuerdos cubanos, que Santos y las Farc llaman “acuerdos de paz”,  hablan únicamente  de “dejación de las armas”. Aun así, aunque hablen de esa noción tan vaga como la “dejación de las armas”, los dos textos crean muy sutilmente espacios  para permitirle a las Farc controlar las fases más agudas de esa supuesta “dejación de las armas”. Para resumir: ni el gobierno colombiano, ni la ONU controlarán con rigor ese proceso.

El capítulo centrado en la “dejación de las armas” está redactado de forma astuta para  dar una apariencia de fair play y de precisión en esa operación.  Como veremos, no hay tal.

El segundo acuerdo de La Habana sigue, exactamente, el trámite del primer acuerdo sobre la entrega de las armas. El texto más reciente no ha sufrido modificación alguna. Ni una coma del primero le falta a la segunda versión de 310 páginas. La dejación de las armas de las Farc sería supervisada por una comisión internacional, por varios organismos, y por las Farc sobre todo. No es cierto que la ONU podría participar en todas las fases de ese protocolo.  Esas comisiones incluyen agentes de Cuba y Venezuela, dos dictaduras que han apoyado a las Farc durante años y décadas.

Ese acuerdo crea un comité con poderes absolutos. Es el famoso CI-MM&V,  que quiere decir “Componente Internacional del Mecanismo de Monitoreo y Verificación”. Ese grupo tiene la última palabra en todo: es el que “preside en todas las instancias el MM&V”. El Componente Internacional  estará “encargado de dirimir [las] controversias, presentar recomendaciones y generar reportes”. Lo esencial es que él preside, dirige todo y tiene, además, “articulaciones con las comunidades, organizaciones sociales, políticas y con el Estado”.

¿Y quién integra ese famoso  “Componente Internacional”? Eso es lo mejor: ese grupo estará “integrado principalmente por observadores de países miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC)”, dice explícitamente el texto.  Como todo el mundo sabe, el CELAC está dirigido por Cuba. Deducción obvia: el hegemónico CI-MM&V  estará dirigido por La Habana. Entonces, Cuba  realizará y verificará la “dejación de armas” de las Farc.

No es sino leer la letra menuda de esos dos textos. El CI-MM&V identifica, recolecta, almacena las armas individuales (no todas) de las Farc y las entrega a la ONU para que las saque del país, en parte.  El otro grupo de armas, las granadas y municiones, ese mismo grupo las lleva a las 23 “zonas veredales y 8 “campamentos” de las Farc, donde permanecerá bajo control de las Farc hasta cuando esas armas sean depositadas en los contenedores, bajo la verificación del CI-MM&V.

Otro detalle interesante: las granadas, municiones y explosivos serán  destruidos pero en privado: únicamente bajo la mirada del  CI-MM&V. A la que habrá que creerle.

Según los dos textos, las armas individuales decomisadas serán almacenadas en los campamentos de las Farc. Allí serían metidas en contenedores no por el CI-MM&V sino por las mismas Farc. Es decir, las Farc podrán meter lo que quieran en esos contenedores. El organismo bajo control cubano solo monitorea, es decir, aprueba lo que le digan las Farc. Esa recogida de armas podría durar más de seis meses, después de la firma del acuerdo.

Después de eso, la ONU extrae de Colombia los contenedores donde se supone que están las armas no inestables (fusiles, pistolas, lanzagranadas, etc.) de las Farc.

Uno de esos contenedores, o un lote de contenedores,  es enviado a Cuba para que levanten allá,  con ese material, un “monumento” a la gloria de las Farc. Esas armas podrían permanecer intactas. El acuerdo dice que harán dos otros monumentos, uno en la sede de la ONU en Nueva York, nada menos, y otro en Colombia, en la ciudad y en el lugar que “determine la organización política surgida de la transformación de las Farc”. ¿En la plaza de Bolívar, al lado de la estatua del Libertador? Por qué no.  Eso ya debe estar pactado. Por eso el tercer contenedor, o el tercer lote de contenedores, se queda en Colombia. Ninguno de los dos textos dice quién controlaría el tercer contenedor o el tercer lote de armas recogidas. Ese lote de armas también podría salir del control de las autoridades del país.

En general,  todo movimiento terrorista desconfía de lo que le pueda ocurrir durante su fase de desmovilización, real o fingida, y que por eso suele conservar una parte de su armamento utilizando toda suerte de subterfugios. En Irlanda, por ejemplo, hubo un acuerdo de desarme del IRA, y éste tomó más de siete años para cumplirlo.  Y hasta 2013 la policía británica seguía encontrando depósitos ilegales de armas del IRA.

¿Las Farc no tratarán de conservar una parte de sus armas? Permítannos dudar. Si las Farc  adoptan la forma de un partido político nuevo, en la fase de post conflicto, dicha formación política podría disponer de armas gracias a los dos textos suscritos por Santos. Algo que es inadmisible en una democracia.

Una palabra final. La abrumadora mayoría de colombianos  no quiere ver un monumento a las Farc. Ni en Colombia, ni en Nueva York. ¡Qué bofetada, qué insulto sería eso para todas las víctimas de las Farc!  ¿Dejaremos que la barbarie se auto-fabrique un monumento en la principal plaza de Bogotá? ¿Por qué levantar un monumento a la organización que ha asesinado, herido,  secuestrado, deportado, extorsionado y robado a millones de personas?   ¿Por qué levantarle un monumento a una organización especializada en la prédica del odio? No. Nadie quiere ese monumento. Ese objeto sería una deshonra para el país. Sin embargo, Santos aceptó eso en los dos textos  que resumen los pretendidos “acuerdos de paz”. Qué vergüenza para quienes le dieron el premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos a pesar de que sabían cuántas inmundicias contiene el texto que el mandatario colombiano impulsa y que fue rechazado por más de seis millones de sus compatriotas.