Es claro que sin verdad no puede haber justicia. Y las Farc se niegan tajantemente a esta última, pues han dicho en todos los tonos que solo admiten responsabilidades menores y tangenciales por las que no están dispuestas a pagar ni un día de cárcel. En cambio, exigen que todo el peso de la ley recaiga sobre militares, políticos y empresarios a los que acusan de estar comprometidos con la violencia y ser sus verdaderos causantes.

Este empecinamiento de las Farc ha conducido a respuestas tan discutibles como la del expresidente Gaviria, que de hecho plantea una solución de impunidad para todo el mundo, o las del Presidente y el Fiscal, que piden que se desconozcan  los compromisos de Colombia frente a la Corte Penal Internacional y se sustituyan las penas privativas de la libertad por trabajo comunitario o algo similar. En rigor, lo que Santos y Montealegre han propuesto es una parodia de justicia que responde con cinismo cruel a las exigencias de las víctimas y de la sociedad.

Uno de los resultados de la justicia es la reparación que merecen las víctimas del conflicto. Se las cuenta por millones: las familias de los asesinados por los actores del conflicto, los mutilados e incapacitados, los secuestrados y extorsionados, los reclutados contra su voluntad, los despojados de sus haberes, los desplazados, las mujeres violadas y sometidas a esclavitud sexual, etc.

Cuando se le preguntó a uno de los cabecillas de las Farc, de cuyo nombre es preferible no acordarse, si estarían en disposición de indemnizar a las víctimas de sus atropellos, contestó con sorna diabólica como en el famoso bolero:”Quizás, quizás, quizás”. Igual que con el desminado, aspiran a que la reparación corra a cargo de la comunidad entera, de modo que puedan conservar intactas las ingentes riquezas acumuladas por cuenta del narcotráfico. No puede olvidarse que en  medios internacionales se considera que las Farc son el tercer grupo terrorista más rico del mundo.

Pues bien, si la verdad, la justicia y la reparación están ausentes de La Habana, ¿de cuál paz se habla allá?

Es comprensible entonces que probablemente la mayoría de los colombianos seamos escépticos en relación con los resultados de los diálogos con las Farc. Por eso, a muchos no nos tomó por sorpresa masacre de los soldados en el Cauca, pues no otra cosa podríamos esperar de esos desalmados, ya que son capaces de cualquier felonía.

Queda la impresión de que los diálogos de La Habana versan en realidad sobre la mecánica del poder, vale decir, sobre las parcelas del mismo que se proyecta entregarles a los cabecillas de esa banda de narcoterroristas y las que el mal llamado “establecimiento” aspira a retener para sí, dentro de una teoría derrotista que alguna vez controvertí con el finado Nicanor Restrepo Santamaría, quien atacaba al entonces presidente Uribe dizque por guerrerista y, en cambio, apoyó con denuedo el ánimo claudicante del actual mandatario.

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