No sólo el país está en una encrucijada. Santos también lo está. Él ha creado la situación de caos institucional que existe hoy en Colombia. Y él no saldrá fácilmente de la pesadilla en que metió a los colombianos con su falsa negociación de “la paz”. Santos también está en una situación crítica.

La situación del país es clara. Santos pasó de un periodo de seis años de negociaciones secretas y desinformadoras, a un periodo de realización de lo pactado: todo el mundo comienza a ver el monstruo que engendraron en La Habana. A Santos le llegó el momento de  cumplirle a las Farc, de cumplirle a la dictadura cubana. Lo que  cocinaron en Cuba contra Colombia tendrá que realizarlo Santos. Los cambios dramáticos previstos en la mesa de negociación pasan a su fase de ejecución. No fue sino ver la lista de empresas que quieren hacer pasar por el grotesco “tribunal de paz” y el país quedó con los pelos de punta. Hasta algunos actores políticos internacionales de primer plano han abierto los ojos.

Antes de esta fase, el país veía y no creía. Ahora no hay lugar para la duda. Lo que viene, el “acuerdo final de paz”, es infame. Es un deber de todos parar ese monstruo, tumbarle la cabeza, aplastarlo sin reatos.

La realización de los cambios dramáticos que Santos firmó con las Farc se convertirá en la pesadilla de Santos mismo. El creía que había ganado, que la impunidad para las Farc, la burla a las víctimas, los escaños regalados, el narcotráfico como “delito político”, las tierras (con población cautiva), los sueldos, pensiones, radios, periódicos y televisiones para que el totalitarismo se organice más y mejor, había sido aceptado por la opinión pública, la Iglesia, la prensa, la academia. Entendía que sus mentiras, frases y gestos trabajados por los asesores español e inglés habían adormecido a todos.

Falso. La hora de la verdad ha llegado, para todos, para Santos, para las Farc y para Colombia.

Hacer eso es cada vez más difícil. El Papa Francisco le dio la espalda. Santos quería usarlo como comodín en la conformación del horrendo “tribunal de paz”.  El Papa fue advertido a tiempo. Ese organismo es un engendro infernal para ayudar a poner en el poder a los enemigos más claros no solo de la democracia sino de la religión católica. No en vano los servicios de información internos del Vaticano son de los mejores del mundo.

Mariano Rajoy, el presidente español, vacila frente al mismo intento de Santos de utilizarlo en  la sacralización de unos acuerdos que jamás podrían ser aceptados filosóficamente, ni prácticamente, en España. Fatou Bensouda, la fiscal de la Corte Penal Internacional, le advirtió en estos días a Santos: debe haber “sanciones efectivas” tras la “rendición de cuentas” por los crímenes cometidos por las Farc durante el conflicto armado.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos vetó la llegada de terroristas de las Farc a Nueva York para la firma “de la paz”, en cínico show que Santos y Obama iban a montar, como lo reveló la revista Foreign Policy. Un abogado americano admitió que la gente de las Farc que llegue a Estados Unidos puede ser detenida aunque tengan inmunidades inventadas por Santos. En resumen, a Santos le dijeron: váyase a otra parte con su circo de narco-terroristas: aquí buscamos a esa gente para juzgarla y no dejaremos que vengan para que escapen después. Santos tiene obstáculos y esto es solo el comienzo.

Lo ha dicho el presidente Andrés Pastrana: Colombia ha llegado a una situación de ruptura, a una situación de consolidación de un golpe de Estado. El país está en vísperas de perder sus libertades y su identidad como nación libre, como puntal democrático del mundo democrático latinoamericano. ¿Colombia pasará al lado oscuro del espejo, al lado que ocupan hoy Cuba, Venezuela y el resto de dictaduras abominables que amenazan a la humanidad?

Santos está iniciando esta fase peligrosa y no sabe cómo obrar. No le queda más recurso que  la brutalidad chavista. Su respuesta a las objeciones sobre la pregunta que redactó para el plebiscito no puede ser más impotente: que “el presidente puede hacer la pregunta que le dé la gana”.

El presidente de Colombia no puede ser una rueda suelta, ni un déspota que obra según el estado de sus intestinos. Eso sólo es posible en un contexto de dictadura. No en un contexto de democracia, donde el presidente tiene poderes limitados. La esencia de la democracia no son las elecciones, son las elecciones libres más la separación de poderes, es decir la limitación efectiva de esos tres poderes entre ellos mismos. Orientado por La Habana, Santos desbarató el equilibrio de poderes que existía en Colombia. Convirtió el poder legislativo en un instrumento técnico de poder personal. Convirtió el poder judicial en eso mismo y en algo peor: en herramienta punitiva y aterrorizadora del poder legislativo y de la ciudadanía en general. Santos no inventó nada: era ese el modelo que llevó a Venezuela a la catástrofe de hoy.

¿Timochenko ha ganado la partida? El documento de 297 páginas no es, como dice Santos, un “acuerdo de paz”, es un programa comunista, una guía para la acción revolucionaria,  un manual de operaciones ilegales para dominar la sociedad, apoderarse de la “ruralidad”, demoler la economía, descuadernar al Ejército, controlar la vida política, personal, profesional y espiritual de cada ciudadano.

Pero Timochenko también tiene problemas. La reunión de cabecillas de las Farc (que ellos llaman “convención” para poetizar ese acto) que iban a realizar no se sabe si en Colombia o en Venezuela, tuvo que ser aplazada. Una explicación es que no todos los “delegados” están de acuerdo con la línea de los jefes. Otra posibilidad es que no hayan aplazado nada y estén ya realizando su aquelarre a espaldas de la prensa colombiana (pero no de la cubana y ni de la venezolana) en los llanos de Venezuela.

Colombia luchará para sobrevivir. Rechazará el pacto Santos-Farc en el plebiscito. Pero debemos ir más allá. Guiado por sus líderes naturales,  por los que nunca han claudicado ante el tropel Santos-Farc, el país irá hacia una acción política más determinada, directa, de largo aliento, con las mayorías en las calles y en los recintos públicos. Derrocar los planes de Santos es un acto de legítima defensa de un país que no quiere morir para darle gusto al individuo que elegimos y que le dio la gana de destruir el país.

Ante la neutralización de los planes entreguistas veremos lo que significan realmente los sentimientos “de paz” de las Farc. Ellas harán lo único que saben hacer: exhibir sus armas, y realizar ataques, urbanos y de todo tipo, con bombas, secuestros y emboscadas, como siempre. Ellos mismos harán saltar por los aires su comedia de “la paz”.

Pero no vencerán. La conformación de un nuevo gobierno, con patriotas probados al frente, con un programa de reconstrucción institucional y, sobre todo, la lucha, la resistencia de Colombia, con sus Fuerzas Armadas respaldadas por las inmensas mayorías civiles, en cada ciudad, en cada municipio, en cada vereda, doblegará otra vez y de manera definitiva la organización criminal “bolivariana”.