Duele cuando un ser cercano muere. Duele si quien muere te ha ayudado a crecer. Duele si has aprendido cosas que han ayudado a darte una idea acerca del objetivo de tu vida, pero duele más cuando sabes que esa persona se esmeró por dejar su huella en este mundo y sobre todo, que amó con pasión a su país.

Miguel Posada Samper era de esas personas que solo daba. Eso era todo. Daba sin esperar nada a cambio. Su presencia, siempre fuerte, definía su carácter de líder y su templanza lo hacía reflejar su firmeza en cada una de sus acciones y opiniones. Su análisis era profundo al punto de sentirse parte de cada situación. Su amor por Colombia era infinito, tanto que siempre desahogaba la impotencia que sentía por la injusticia vivida en el país cada semana en sus editoriales, muchos de ellos incluso proféticos de la realidad nacional y también de la región. Se le podía ver el dolor en su cara cuando llegaba a la oficina y hablaba de los soldados que habían caído en minas, de los niños que habían sido asesinados en algún caserío de Colombia, de los errores y traiciones de Santos y su ofrenda del país a las Farc, del plan del socialismo del siglo XXI para instalarse en toda Latinoamérica, así como también, de cada historia y persona que llegaba pidiendo por su auxilio.

Me sorprendía su sabiduría, su memoria prodigiosa, envidiable para personas incluso de mi generación. Se interesaba precisamente por los jóvenes y hablaba de enseñarles a no “tragar entero” y a ser más analíticos con la información que nos daban en las universidades. Le daba coraje que otros trataran de cambiar la historia y que eso se estuviera enseñando irresponsablemente en los claustros educativos.

No le temía a las amenazas o a las calumnias, cada vez que lo insultaban más bien parecía un halago para él,  pues solo se reía y decía, “si hablan de mi es porque les está doliendo el callo”. La verdad era lo que le importaba, que no nos siguieran engañando. Decía que la primera víctima no podía ser la verdad.

Hoy en día siento con orgullo el haber sido parte de su equipo, de una familia de la cual él era sin duda alguna la cabeza. Siento honor de haber estado al lado de un hombre que quiso hacer historia y sin duda lo hizo a su manera. De un hombre que dedicó hasta el último momento de su vida e hizo sacrificios que sólo sus más allegados saben, por hacer de Colombia un lugar mejor para las futuras generaciones.

Hoy recuerdo todo su invaluable esfuerzo y dedicación, pero también recuerdo su sonrisa discreta con un guiño de medio lado, sus chistes en la puerta de la oficina cuando ya estaba a punto de irse, la manera particular de contar sus anécdotas, su saludo cariñoso que siempre acompañaba con un abrazo, y sus lindos dibujos que hacia mientras estaba pensando en algo.

Siempre quise decirle más, decirle cuánto me ayudó, pero caí en el error de pensar que su partida no sería tan pronto. El día que él mismo nos contó de su enfermedad en su apartamento, no pensé que iba a ser el último día que iba a verlo.

Miguel, hoy se cumple un año de tu partida y el vacío que ha quedado es indescriptible. Gracias por haberme enseñado lo que significa ser una persona íntegra, por todas las sonrisas que nos sacaste con tu particular humor, por el consejo oportuno, por el amor a Colombia, por la manera de ponerte en el lugar de los demás con generosidad, por tu cariño paternal. Hoy pido a Dios que tu presencia en nuestros corazones nos siga acompañando y que nos permita continuar exitosamente el legado por el que tanto luchaste. Gracias mi siempre maestro Miguel Posada Samper.