La mala fe de García Márquez llega a tal punto que hace como si no supiera que no hay libertades en Cuba. No se da por enterado de que docenas de periodistas están en la cárcel y cientos más en el exilio.

¿Qué puede pasar en la cabeza de un gran escritor, octogenario y premio Nobel de Literatura, cuando se le ocurre escribir una oda a la gloria de un tirano, también octogenario? Me hacía esa pregunta mientras leía con asombro el retrato que Gabriel García Márquez, Gabo, acaba de dedicar a su amigo Fidel Castro, que cumplía 83 años el 13 de agosto. Bajo el título “El Fidel Castro que yo conozco”, el escritor colombiano describe a un hombre que sólo existe en su imaginación calenturienta.

Cuenta ahí que, en la calle, lo llaman Fidel, “lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten, lo contradicen, le reclaman, con un canal de transmisión inmediata por donde circula la verdad a borbotones. Es entonces que se descubre al ser humano insólito, que el resplandor de su propia imagen no deja ver”. Los libros de historia enseñan que la mayoría de los dictadores del siglo XX era también muy aficionada a mezclarse con la gente. Claro, siempre después de que el aparato de seguridad hubiera revisado el lugar.

Uno de los títulos más tiernos de Stalin era, precisamente, el de “padrecito de los pueblos”, pero a nadie —con algunas excepciones, es cierto— se le ocurriría hoy glorificar a Stalin, Mao o Pol Pot.

La mala fe de García Márquez llega a tal punto que hace como si no supiera que no hay libertades en Cuba. No se da por enterado de que docenas de periodistas están en la cárcel y cientos más en el exilio. El agravante en este caso es que Gabo preside la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, cuya misión es “trabajar por la excelencia del periodismo y su contribución a los procesos de democracia”.

En cambio, el escritor señala las extraordinarias virtudes de su héroe, que tiene una “memoria” descomunal. “La usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una rapidez increíble”. En realidad, y Gabo no lo puede ignorar, Castro siempre ha repartido datos falsos a diestra y siniestra, sin que nadie se atreviera a desmentirle (eso sí, los errores son puntualmente corregidos antes de que sus intervenciones sean publicadas en el Granma). En cualquier caso, cabe preguntarse de qué le ha servido memorizar estadísticas absurdas, cuando al mismo tiempo ha conducido a su país a la ruina.

El premio Nóbel 1982 habla de “los enormes logros que sustentan la Revolución” y, cuando señala las deficiencias, las atribuye únicamente a la “incompetencia burocrática colosal que afecta a casi todos los órdenes de la vida diaria y, en especial, a la felicidad doméstica”. O sea, Fidel no tiene nada que ver con los fracasos y, además, tuvo que “sortear la tormenta incesante del bloqueo” impuesto por Estados Unidos.

No es la primera vez que García Márquez pone su pluma y su talento al servicio del “Comandante”. Lo hizo en la controversia alrededor del pequeño Elián, que naufragó en el estrecho de Florida y fue devuelto por Estados Unidos a Cuba en 2000. Y, también, en los años 80, cuando actuó de recadero de Fidel Castro, que lo mandó a decir a Felipe González que era “un maricón” —lo cuenta el escritor Norberto Fuentes— porque se había atrevido a pedir la liberación de dos presos políticos que llevaban más de veinte años en la cárcel.

En un artículo luminoso, publicado hace un año en El País, Antonio Muñoz Molina hablaba de la fascinación de los intelectuales por “la megalomanía delirante de los poderosos”. El escritor español criticaba duramente a Gabo y señalaba que los que “rinden pleitesía al tirano […] suelen venir de países democráticos en los que se declaran muy críticos contra el poder”.

Muchos intelectuales han tomado sus distancias con La Habana en los últimos años. Hasta el portugués José Saramago, uno de los más recalcitrantes, ha tenido que admitir que el régimen cubano no podía seguir así. El autor de Cien años de soledad, en cambio, parece decidido a apoyar los desvaríos de Fidel Castro hasta la tumba, sin importarle lo más mínimo los sufrimientos de los cubanos. Gabo no tiene nadie que le diga “¿por qué no te callas?”.